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El tejido visual en una poética que nace
Son pocos los artistas nacionales que se propone hacer lecturas amplias del mundo, que no parten del reflejo
mimético, sino de un proceso intelectual en que la realidad se transforma en sentido para el hombre. Se trata de establecer una nueva proyección del sistema del arte,
transformando la imitación en creación, tal como se aprecia en el Arte Moderno. Este giro de la
representación confirma algo mas profundo: que hemos revertido a través de los siglos la sumisión del hombre a la naturaleza en fuente de autodeterminación social. Este giro, a pesar de haberse
derramado sobre el mundo hace mucho tiempo –como ya lo confirmó Pablo Zelaya Sierra en su época-, pareciera que no ha golpeado con fuerza la vida de nuestros pintores (valgan las excepciones), si
juzgamos sus esquemas sintácticos. Se sigue oteando desde un terraplén que prefiere la descripción y el anecdotario inmediato.
Es a partir de la década de los noventa fundamentalmente donde se empieza a ver como necesario la
sistematización de esta nueva mirada. Fragmentación desde el centro de América, Hacia el cuerpo, Rendijas de la memoria, Al final y Comunicación Interrumpida son los modos mas firmes de
nombrarla. Desde este momento la situación se vuelve menos azarosa para los creadores jóvenes al ensancharse el punto de referencia se ensancha, al transformar la inspiración y el ensueño en
actos de creación, con lo que se pasa de la expresión de un hecho a una imagen nunca preexistente.
En esta corriente ha empezado a transitar el creador Gabriel Galeano. Si bien es cierto hasta el momento no posee una poética pulida, si es posible ver ya en su trabajo una exploración plástica disciplinada. S le ve sumergido en la representación, unas veces recorriendo sendos espacios cromáticos, otras veces, arquitecturas que encasillan personajes a punto de geometrizarse. Se aproxima y se aleja de la figuración, no para cambiar de óptica o para encontrar una nueva edición de la perspectiva o del escorzo, sino mas bien para imponerle a aquella un espacio y una relación visual, una coherencia que ante todo sea forma. De ahí que para Galeano la figuración y la abstracción sean puntos de referencia, vocabularios, y no polos opuestos. Por tanto, su centro de acción pictórica es, y por una cuestión metodológica fundamental, la significación plástica antes que la ejecución de una mimesis. Con lo anterior solo quiero afirmar que en este momento experimental, Galeano ha decidido reordenar sus fines en dirección –casi exclusiva- hacia la sintaxis pictórica, sin menospreciar desde luego aquello que de inevitable tiene toda obra de arte: la transposición del mundo.
La preocupación de Galeano por el trabajo artístico comprendido de esta manera, le viene dada no por su
estadía en la ENBA –como podríamos pensar-, sino por el ejemplo de los artistas mejor dotados que ha tenido el país en los últimos tiempos: Santos Arzú, Xenia Mejía, Regina
Aguilar, Bayardo Blandino, Víctor López y Armando Lara, por ejemplo. Ahí ver su mejor respaldo. Los
experimentos mas osados, que poseen una orientación de búsqueda, se encuentran en las primeras pinturas de 1998; la alegría de vivir y Don Quijote son decisivas. Existe aquí una construcción
plástica densa, de ritmo simple y discreto, resuelta en amplios planos reversibles: las figuras y los fondos no son sino una presencia única y simultánea. Tal vez en este momento lo débil en su
trabajo sea el exceso cromático, que se convierte en hiriente saturación. En 1999 desarrolló una producción más plegada a la figuración humana: cuerpos quietos e inquietos, ausentes de volumen,
firmes y silenciosos, contenidos en arcos de medio punto y en paisajes planimétricos como si fuese vitrales góticos. Las obras decisivas son Las hijas de Bernarda (a partir de la que elaboró una
serie). Fuesanta y Lector apacible y bucólico.
Sin duda, la producción de ese periodo proyecta ciertos trazos plásticos que son constantes en la obra de
Alfredo Martínez, Víctor López y Bayardo Blandino. Del primero asimila el sentido compositivo, la estructura y la pulcritud tonal; de López, la
exploración de la textura y la preferencia por el contraste; de Blandino, el rigor sintáctico y el modelo conceptual de
representación.
Siguiendo con esta búsqueda, hoy nos ofrece un nuevo ciclo; en este recapitula y enriquece la experiencia ya
notable en La alegría de vivir. Hay un distanciamiento de la figuración para llegar a una estructura elemental, a un tejido cromático de resolución esencial y a una geometría de contornos
escurridizos, quien hace que se dilaten los planos para decir rio, montaña o valle. Entre el cuerpo del paisaje y la imagen pictórica hay de verdad una homología, pasando de las identidades a las
proyecciones estéticas más intimas. Por todo esto su visión nos parece más afín al Arte moderno, al
arte de creación.
Ramón Caballero, Tegucigalpa, enero de 2000
Tomado de Contrapunto de la forma: ensayos críticos sobre arte hondureño y centroamericano.
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